La última neurona (Danel Tuchmann)
Este año mayapocalíptico ha sido de perfil bajón (en sentido mexicano y en sentido argentino). En general, el tono de la música que me ha parecido más atractiva ha estado en la suavidad y melancolía, con excepciones que parecen abrevar en el underground ochentero. El ejemplo más llamativo es Black Bananas, banda de sonido sucio e intenso, cuya TV Trouble recuerda hasta en el título a la mejor Nina Hagen.
Del lado rockero y con punch, no es posible obviar a una de las bandas más rotundas de la escena (en varios sentidos). Lo nuevo de Gossip suena refinadamente a Gossip, y eso se agradece. Una banda con enorme potencial es Delta Spirit, y su canción que suena engañosamente uplifting.
Para echar brincos, el año ha sido generoso. Tres artistas sin etiqueta posible colaboraron en una firme candidata a canción del año, del frío de Minnesota suena una banda de exquisitez bailable como pocas, y neoyorquinos son los creadores del que, a mi gusto, es el mejor álbum del primer cuarto del 2012. Y de la mejor canción.
Antes hablaba de la suavidad, nostalgia de inicio de año, preludio del quien-sabe-que-nos-vaya-a-pasar… versión 2012. Y así, es muy recomendable de escuchar la decadencia de Lambchop, la ternura de Howler, la nueva caja de sorpresas islandesa llamada Mugison o la sutileza atrapaincautos de Disco Inferno.
Pero es el esperadísimo 2012, y ocupamos un juglar del fin del mundo. Tenemos dos opciones maravillosas: Chuck Prophet y Father John Misty.
A ver qué trae el resto del año. Y a ver si ando por aquí para contarles (mayas mediante).
"En suma: había querido apartarme de los demás y verme como alguien especial que persigue un objetivo totalmente distinto a los del resto de la gente. Ese no es un crimen que por aquí se perdone."
"La tristeza para todos aquellos que, como yo, han perdido el rumbo en la vida, se manifiesta como una rabia que pretende pasar por inteligencia. Y es ese deseo de ser inteligente el que acaba por fastidiarlo todo."
"¿Quién era aquel ángel? ¿Quién era aquél que yo quería que me llamara desde el corazón del silencio?"
"Puse el pie en esa parte de la vida a la que no debe pasar aquel que pretende volver atrás."
"Ya lo ven, no he dicho nada nuevo. ¡Pero por lo menos he dicho algo! Ya no me importa si es nuevo o no. Al contrario de lo que creen algunos estúpidos pretenciosos, incluso un par de palabras son mejores que el silencio."
"A veces sentía que los libros que por aquella época leía uno detrás de otro se cuchicheaban entre ellos y que así mi cabeza se convertía en el foso de una orquesta donde los instrumentos susurraban por los cuatro costados y me daba cuenta de que podía aguantar la vida debido a esa música que sonaba en mi mente."
"Pero me daba la impresión de que todo estaba muy ocupado en librarse de sus recuerdos, de nuestros recuerdos, a toda velocidad y lleno de inquietud, como esas carreteras nuevas rodeadas por señales de tráfico y despiadados paneles publicitarios que oscurecen nuestros recuerdos cubriéndolos de asfalto."
"Tras sonreir, como hacía la mayor parte de las veces que sonreía, Canan se recogió el pelo detrás de las orejas con un sueva movimiento de la mano y, como siempre, un pedazo de mi mente, de mi corazón, de mi alma, se fundió y desapareció en la noche oscura."
"Cada cual tenía la vida que le correspondía y, en su opinión, todas las vidas eran iguales en el fondo."
"Si a uno le gusta lo que está escribiendo y está contento con su vida, no debe perder la oportunidad y debe escribir cuanto pueda. La vida es breve, así son las cosas, ya lo sabes."
"No estaba en ninguna parte y estaba en todas y, quizás por eso, me parecía que me encontraba en el centro inexistente del mundo."
"Un hombre sacó una radio, ale hop, de una sábana tan sucia que tenía un color plomizo, después la radio levitó y se convirtió en música."
"¿Debe uno enfrentarse a la muerte con amor, como cuando nos encontramos con el ángel, doctor?"
"Los niños eran la primeras víctimas de la inmoralidad que conllevaba el desplome de las grandes civilizaciones y e derrumbe de las memorias. Ellos olvidaban lo antiguo de manera más rápida e indolora y soñaban con más facilidad con todo lo nuevo."
"El hecho de que los padres sepan todo lo que pasa por la mente de sus hijos, como si fueran dioses de memoria infinita que además llevan un registro, no es sino una casualidad. La mayor parte de las veces se limitan a reflejar en sus hijos, o en vulgares extraños que se los recuerdan, sus propias pasiones, y eso es todo."
"¿Por qué pensamos con palabras pero sufrimos con imágenes?"
"...prefería sumergirse con rapidez en el mismísimo corazón de la vida como los conductores de camión medio dormidos y borrachos que se dirigen a ciegas al encuentro de un ciego poste de electricidad en la noche."
- Orhan Pamuk
Sé que cambié de muchas maneras. Es lo obvio, lo que se espera: de hecho, lo que todos advierten, con palabras más o menos azucaradas. Hay quien te asegura que nunca podrás dormir de nuevo, que es la mayor responsabilidad posible, que es lo más hermoso que te puede ocurrir.
No es gratuito que cuando alguien debe responder la pregunta “¿cuál es el mejor momento de tu vida?”, lo bien visto es decir algo como “bueno, obviamente cuando nacieron mis hijos” para decir entonces lo que en realidad uno considera el mejor momento de su vida. Y ese momento suele ser un disfrute intenso, la culminación de un deseo largamente acariciado, un rasgo de egoísmo puro e inolvidable.
Ese es el problema: muchos de los asuntos de la paternidad/maternidad son casi insufribles: el parto, amamantar, las fiestas en salón, los festivales de fin de año, Ben10 o Bob Esponja. Las alegrías son breves, como luciérnagas o -en el mejor de los casos- relámpagos. Hay que regañar al crío, acostumbrarlo a que deje su ropa donde debe ser, casi obligarlo a meterse a bañar, espantarse ante su cara de what al estudiar inglés… ¿es eso bonito? ¿Esa es la idílica condición que obliga a una madre abnegada a comprar el más reciente suavizante antiarrugas para poder estar más tiempo con su familia? ¿Es ese el núcleo de la sociedad, el que supuestamente está amenazado por el mismísimo Satanás? Más aún, con el desmadre que significa criar a uno, ¿esa es la motivación para buscar a la parejita?
Pinches preguntas. Y lo peor de todo es que, en efecto: la respuesta es sí. A pesar de todo, tener un hijo es una maravilla. Y más aún un hijo como el mío: una inagotable fuente de sorpresas, un cerebro que viaja a miles de kilómetros por hora, una voz privilegiada, una mirada que te estudia y te obliga a entenderte, un abrazo siempre amoroso, una cabeza que se recarga sobre tu hombro porque sabe que está allí para él. ¿Cómo pedir más? ¿Cómo tener miedo ante eso?
Hace 7 años cambié sin remedio. Pero no fue un deus-exmachina que gira la escenografía por completo en unos segundos: fue como el agua que se va escapando de una fisura imperceptible, una gotera de estrellas en el cielo de la noche. Fue su primera palabra, su primer berrinche, su primer letra, su primer carta a los Reyes, su primer día en el futbol, su primer orgullo, su voz, su canción, su memoria, su beso, sus lentes, su él: su perfecto él llamado AJ. Su calor. Sus profundísimas miradas, su insaciable curiosidad por cuentos e historias, sus preguntas y la infantil ingenuidad de creer que yo se las puedo responder.
Maldito destino del hombre: llega un día en que el que uno se ve reflejado en su padre y en su hijo. Todos somos lo mismo, el mismo polvo bíblico, la misma carne y sí, el lugar común: la misma sangre. Es por eso que lo amo tan profundamente: porque estoy en él y un día él será mejor que yo, haga lo que haga. Porque yo soy mejor que el que era el 11 de enero del 2005. Y nunca supe cómo me transformé, aunque sí conozco la razón.
Feliz cumpleaños, hijo mío: feliz cumpleaños, padre de mi hijo.
15.- Fleet Foxes, "Helplessness blues"
Una de las obligaciones del arte es tender puentes: esta memorable banda estadounidense elige la tradición y logra sonar moderna a pesar de sus evidentes influencias sesenteras. Heredera y beneficiaria de la mejor tradición folk, esta canción no deja indiferente a nadie y obliga a escuchar el resto de la obra de la banda… y el resto de la música de donde viene.
Aquí, de pie, solo ante el aire
que va soplando preguntas.
No hay nada detrás de mi.
A los lados, el viento congelado
y ante mi va hacia la muerte
un camino mal asfaltado.
El sol imposible,
la luna desgarrada contra el suelo.
Con el miedo como único salvavidas
estoy atado a un yo perverso.
A pesar de los exitosos esfuerzos que comenzaron con Meliés y siguen con Michael Bay, yo siempre he creído algo, y lo he creído fervientemente: el cine es un arte. Y como generador de piezas artísticas, tiene obligaciones.
Una de esas obligaciones es ser espejo de las inquietudes y limitaciones humanas, por tanto, debe generar más preguntas que respuestas. En ese sentido, The Tree of Life cumple a cabalidad con esa condición. y una de las primeras preguntas, la más obvia y básica, es: "¿qué estoy viendo?". Para el porcentaje de espectadores que abandonan la sala, la pregunta ni siquiera llega a plantearse: el desprecio es mutuo. Para el resto, la ambiciosa cinta de Terrence Malick es un reto: hay que entender algo: no lo que el director quiso decirnos, sino lo que el director quiso que le cuestionáramos.
Mi respuesta es simple: lo que vemos en la pantalla es a nosotros. Yo me vi a mi mismo allí, entre mundos ardientes de lava y dinosuarios heridos, briznas de polvo cósmico convertidas en planetas y seres humanos tratando de conciliar el bien y el mal. Es más, me vi en el fracaso del esfuerzo incesante, en la derrota del abandono del paraíso, en la auto-amputación de la esperanza.
Llega un punto en que The Tree of Life deja de ser una película hermosa en el plano estético. Y me atrevo a decir que ese es uno de los grandes logros de Malick, porque en ningún momento Emanuel Lubezki abandona su extraordinaria propuesta visual, no hay un solo fotograma de más, no hay una sola imagen desperdiciada. Pero llega un momento en que la contemplación accede a un plano superior, en que el impacto ya está en el alma de cada uno. En que los recuerdos se arremolinan y es uno mismo (nuevamente, siempre), el que actúa, el que se ha metido a la pantalla y el que late en la inmensidad del cuadro. Es allí cuando la cinta pierde su belleza y adquiere su inmensidad.
Así, la obra artística es exitosa, incluso en sus defectos, porque los tiene. Es pretenciosa, es exagerada, es egoísta, tiene partes que le sobran descaradamente, tiene por momentos un tufo religioso insoportable. Pero nada de eso está mal, porque es parte del planteamiento que, en mi opinión, propone Malick, mismo que debo reservarme porque equivale a un megaspoiler. Pero late desde la magnífica secuencia inicial y nunca abandona al espectador.
The Tree of Life, así, es una obra de arte que invita a pensar, debatir, rechazar y aceptar, reconciliarse con ella y, por tanto, con uno mismo y su derrota, la misma de la que, coincidentemente, hablaba Leonard Cohen hace unos días al recibir el Premio Príncipe de Asturias. Y cabe decir que Malick obedece la norma coheniana al retratar el fracaso inherente a ser humano en los límites estrictos de la belleza y la dignidad.
Lo qué más me perturba es que pasé buena parte del viaje pensando en la canción "No bombardeen Buenos Aires". Y eso fue desde mucho antes de ver la ciudad vacía, descuidada y sucia. Con sus enormes edificios europeos resguardando calles frías, aire frío que corría entre ellas desde y hacia el agua. Antes de ver a su gente tan triste, sin grasa en la piel debido al frío, a los exfoliantes, a la prisa con la que caminaban. Todos ellos tan hermosos, todos ellos tan hermosos como la ciudad misma, levantada con dignidad inusitada en medio de la burocracia, los sindicatos, las elecciones, los Kirchner, la crisis y los recuerdos de los que ya se fueron y no volverán. Porque ella, Buenos Aires, los dejó ir para ver si la amaban. Otra canción me rebotó en la cabeza, la que dice "hoy la vi y tenía un rostro ajeno al que yo amaba". Me rebotó en la inmensa Corrientes y la inabarcable 9 de Julio, con el obelisco que apunta hacia el cielo como si señalara una salida, con las banderas que jugaban conmigo a no dejarse fotografiar, por la timidez propia de mujer que sabe que no se ve bonita aunque uno la ame profundamente. Y también estaba en una banda de palomas hambrientas en la Plaza de Mayo, tantas como las Madres que allí pedían parir de nuevo a sus hijos (antes de volverse locas sin remedio, quizás por al ausencia, quizás por el triunfo). En los niños que las espantaban y en sus padres que sólo podían llevarlos allí a espantarlas, en la familia que hizo picnic en un parque céntrico mientras el resto de la ciudad de iba a jugar polo o a olvidar, de un modo u otro, que había que volver. Esta ciudad enorme-monstruosa que se asomaba al mar a través de sus indigentes de pelo largo y gorras de rasta, en sus cartoneros que iban con carrito de supermercado en anaqueles vacíos, llenos de autos y paredes y jovencitas caminando a toda velocidad. A través de los rostros apurados de los que querían huir, todos a la defensiva, nadie con ganas de estar allí. Yo sí quería estar allí. Y quiero. Porque allí estaba un adolescente triste y encantado, que se asomaba en las ventanas de los cafés para ver si allí estaba una niña de 6 años vendiendo flores. Niña destinada a morir, por cierto. Y sólo vi playeras azulamarillas, rojasblancas, parejas bailando tango en el corazón, tiendas vacías, calles llenas, niños rubios, errores veloces, una vida. Pero para entonces el adolescente ya se había regresado a México y el adulto desencantado, de cine, traiciones y enigmas que se había derrotado y sólo pensaba en llevar algún recuerdo a México. Pero por unas horas ella estuvo allí, casi como una puta vieja que ya no se da muchos aires pero que es aún hermosa, de algún modo que sólo ella y yo sabemos. Y lo único que me hizo falta fue llorar en su regazo.